En el día más importante, Donald J. Trump se olvidó de tuitear.

En realidad no. Pero lo hizo tarde y mal. Tarde porque el hombre que levantaba el dedo acusador antes de que, en las calles europeas, las autoridades determinaran la autoría de un atentado, ayer apareció en la red social que tanto le gusta a regañadientes, casi por pura obligación. Mal porque el agitador especialista en enumerar enemigos, señalar culpables, ya sean personas físicas, jurídicas o metafóricas, desde Obama hasta Washington en general, fue incapaz de pasar de un vergonzoso “en todas partes” a la hora de condenar una violencia que solo estaba en un lado.

Que siempre ha estado, casi desde la fundación de este país, y a la que ni siquiera fue capaz de llamar por su nombre: desde supremacistas blancos nostálgicos de la segregación racial a ultraderechistas de diploma y altavoz mediático pasando por neonazis y fascistas sin camisa negra, pero de pistola al cinto.

En el día más importante, el presidente de EE.UU. se olvidó de hablar.

En realidad, tampoco. Pero también lo hizo tarde y mal. Tan tarde y tan mal que su discurso lo acabó dando otra persona, el gobernador de Virginia, el demócrata Terry McAuliffe. Suyas fueron las palabras más importantes, las más contundentes, las más necesarias.

“Tengo un mensaje para todos los supremacistas blancos y los nazis que han venido hoy a Charlottesville. Nuestro mensaje es simple y simple: váyanse. No son queridos (…) Qué vergüenza. Pretendéis ser patriotas, pero sois todo menos patriotas. (…) Habéis venido aquí hoy a hacerle daño a la gente. Lo habéis conseguido. Pero mi mensaje es claro. Somos más fuertes que vosotros. Nos habéis hecho más fuertes, no tendréis éxito. No hay lugar para vosotros aquí, no hay lugar para vosotros en América. (…)”.

Antes, Trump no solo había evitado condenarlos, sino que en un tuit que pretendía conciliador, el presidente volvió a las andadas rematándolo con su conocido lema. América Primero. Otra vez. Una (no)declaración que fue muy bien recibida en los propios medios de la ultraderecha americana: “no nos ha atacado (…) Dios lo bendiga”

No fue suficiente y Trump se negó incluso a contestar a la pregunta directa de un reportero. Qué les diría a los supremacistas blancos que durante todo el día de ayer lanzaron cánticos en su apoyo. Trump huyó como el que sabe que acaba de cometer una fechoría y confía que no le pillen.

No fue una sorpresa. De todos es sabido la querencia de la ultraderecha estadounidense por Trump. Desde el primer minuto y reafirmada ayer. Un amor nunca rechazado de forma contundente por el ahora presidente pues no se rechaza lo que es propio de uno. Si bien la mayoría de los votantes de Trump no son racistas ni supremacistas ni nazis, es seguro que todos los racistas, supremacistas y nazis de América abrazaron la causa del América Primero y acudieron a votar en masa por el hoy inquilino de la Casa Blanca.

Saben que es suya. Saben que ella está habitada por miembros de su misma especie y que susurran a la oreja del presidente. Comenzando por el célebre Steve Bannon y acabando por el inefable Steve Miller, ideólogo privilegiado de los neonazis. Pasando por Sebastian Gorka. El pasado miércoles, el propio Gorka dejó claras las prioridades y los aliados de esta administración, al asegurar literalmente que los supremacistas blancos “no son un problema” y que no deberían ser objeto de escarnio ni de crítica.

Para vergüenza de propios y extraños. Unos propios que ayer, a duras penas, también tarde pedían contundencia y explicaciones. Sirva un muestrario. El senador Cory Gardner (R-Colorado), instó al presidente a “llamar al mal por su nombre”, mientras que el senador Marco Rubio (R-Florida) y Orrin Hatch (R-Utah) también hicieron declaraciones igualmente duras. Contunde fue, como era de esperar, John McCain (R-Arizona): “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores. Debemos unirnos contra el odio y el racismo”.

Tarde.

Acabo de regresar a EE.UU. después de un mes de vacaciones en España durante el cual me cansé de recibir la misma pregunta.

― ¿Qué ha cambiado en la América de Trump?

Mi respuesta siempre era la misma: Trump no ha cambiado nada y lo ha cambiado TODO.

Nada, porque tras ocho meses de gobierno los logros del presidente son, no exiguos, sino inexistentes. Ni tan siquiera ha conseguido tumbar el tan vilipendiado Obamacare. Sí ha conseguido que EEUU vuelva a ser un país que causa rechazo en el mundo después de los ocho años de Barack Obama.

TODO porque se nota, se palpa en el ambiente. En miradas y en gestos. En zonas donde tu color de piel y tu acento te delata como no bienvenido. En ataques racistas en los lugares más insospechados, como la cola de un supermercado. En las cacerías de indocumentados emprendidas sotto voce por la Migra. En la guerra abierta entre las llamadas ciudades santuario y un presidente que amenaza al que no colabore con la razzia.

En comentarios que nadie haría antes en voz alta y que ahora se sueltan como si nada. En la supuestamente inocente pregunta de una compañera de departamento (de inferior categoría en el escalafón profesional) a otra, mexicana, muy por encima en dicho escalafón.

―Oye, ¿tú entraste como ilegal a este país?

Una campaña dominada por la retórica netamente fascista que empleó el candidato ganador no nos iba a salir gratis.

La única diferencia es que lo de ayer en Charlottesville fue televisado para todo el país. Y ya hay una primera mártir.

Todo eso es lo que ha cambiado. Todo eso es lo que ha roto Trump. Que aquellos cuyas parafernalias e ideologías netamente racistas se mantenían, si no ocultos, sí en un disimulado segundo plano, se hayan visto legitimados para emerger a la superficie y responder a un llamado crepuscular e imposible al mismo tiempo: el célebre Make America Great Again tatuado en las gorras rojas de Trump.

Las antorchas han vuelto a marchar en agosto de 2017 en EE.UU., pero éste no es solo un problema americano. Echen una ojeada a su alrededor. A Francia. A Inglaterra o al silencioso bloque oriental de la UE. A Rusia. Solo era cuestión de tiempo. Nadie puede decir que no estábamos avisados, simplemente preferimos hacer caso omiso de las señales.

Algunos dirán que, en EE.UU., el aviso llegó el 17 de junio de 2015, cuando Dylann Roof entró en la Iglesia Metodista Episcopal Africana Emanuel, en Charleston, Carolina del Sur, y mató a nueve personas hiriendo de gravedad a otra. Roof, supremacista blanco de bandera confederada en la habitación, confesaría a la policía que su intención era desatar una “guerra racial”.

Otros dirán que podemos remontarnos incluso más atrás, al 19 de abril de 1995 en el edificio Alfred P. Murrah, en Oklahoma City, donde un ultraderechista, Timothy McVeigh, asesinó a 168 personas tras hacer explotar un camión aparcado frente al complejo.

Los últimos dirán que lo ocurrido ayer en Charlottesville, Virginia, es consecuencia directa de la elección como presidente de Donald J. Trump el pasado noviembre.

Todos tienen algo de razón. Y todos, también, están en parte, equivocados. Porque las explicaciones a problemas complejos nunca son simples.

En realidad, contamos con un grave problema de apreciación. Después de llevar años llamando nazis y fascistas ―incluso terroristas―, a todos aquellos con los que no estamos de acuerdo, cuando aparecen los verdaderos nazis y fascistas, a algunos les cuesta reconocerlos. No digamos ya, llamarlos por su nombre, aunque todos lo lleven escrito en la solapa. Es el primer estadio de la banalización.

Pocos llamaron terrorista al responsable del atentado de Oklahoma City. Nadie (o casi nadie) llamó terrorista a Roof. Ambos lo eran. La principal amenaza terrorista a la que hace frente EE.UU. es y ha sido siempre de naturaleza interna. Diseminados por todo el país, las agencias de seguridad (FBI y ATF fundamentalmente) mantienen más o menos vigilados a casi un millar de “grupos de odio”. Un bonito eufemismo para referirse a grupos organizados y armados hasta los dientes alimentados por un combustible tan demoledor como gratuito: el odio. A todo, pero fundamentalmente a lo que no sea blanco, cristiano, occidental. En este orden.

Normalmente nadie los llama terroristas (ayer lo hizo Marco Rubio, también Rob Portman, senador R-Ohio), denominación acotada en EE.UU. a todo lo derivado del 11S.

Pero es cierto que algo cambió en 2015. Tras la matanza perpetrada por Roof muchos americanos cayeron en la cuenta de que la Guerra de Secesión (1861-1865), lejos de haber caído en el olvido, todavía seguía muy presente en ciertas zonas del país. En realidad, no la guerra sino la memoria de la misma. A ver si ahora se explican lo nuestro, cuya herida mal cerrada aún no ha cumplido los 80 años.

Grosso modo podemos exponer una premisa. Si bien el Norte de Lincoln ganó aquella cruenta contienda consiguiendo mantener al país unido, el Sur (la Confederación secesionista) acabó por ganar todo los demás, comenzando precisamente por la memoria del conflicto. De nuevo, resumiendo mucho, está el plano real y plano simbólico.

Plano real: ¡albricias y zapatetas! El Norte ha ganado. Los esclavos son libres tras la Declaración de Emancipación de Lincoln (en realidad solo afectaba a los estados del Sur rebelde) se ha borrado el pecado original, todos somos iguales ante la ley. Esto, si alguna vez fue cierto, que no, solo lo fue durante el periodo de la Reconstrucción (1865-1877) que siguió a la contienda. Y a punta de bayoneta. Tan pronto como las casacas azules abandonaron territorio gris, las cosas volvieron a su particular curso “natural”. Recuerden: Jim Crow, el complejo entramado legal que apuntalaba la segregación racial bajo el mantra de “separados pero iguales” (falso) comienza en 1876 y se extiende un siglo, hasta 1965 (!), justo en pleno auge de los Derechos Civiles.

Plano simbólico. Ya en los primeros años tras la contienda, vencedores y perdedores son conscientes de una cosa: lo importante es el recuerdo. Así, en el Sur surge el mito de The Lost Cause (La Causa Perdida) y sus variantes, la causa honorable. Ese Sur mítico trazado de plantaciones y poblado por caballeros y damas de modales exquisitos donde el sistema de la esclavitud era uno en el que amos y esclavos convivían en un bello idilio: queriéndose y respetándose los unos a los otros, pero cada uno en su lugar.

Nota: revisen Lo que el viento se llevó (1939).

Sobra decir lo enfermizo de la versión, pero no por ello, esta dejó de triunfar. Sobre todo en unos estados que mascaban una derrota con amargo sabor a humillación (un saludo a la Alemania post IGM).

Fue solo después de la matanza de 2015 cuando los americanos repararon en una cosa: la parafernalia confederada que todavía está presente en muchos estados del Sur, banderas (una enseña de odio reconvertida en icono pop) y monumentos por delante. Tras una corta ceremonia televisada en directo a todo el país por medio de las principales cadenas de noticias, la bandera confederada que había ondeado durante 54 años en el Capitolio de Carolina del Sur fue finalmente arriada el 10 de julio. La enseña fue colocada en lo alto de la cúpula del Capitolio en 1961 coincidiendo con el centenario de la Guerra Civil, curiosamente en plena ebullición de las luchas por los Derechos Civiles que pondrían fin a la segregación. La ceremonia tuvo un componente simbólico extra: Carolina del Sur fue el primero de los once territorios que declararían su separación de la Unión, el 20 de diciembre de 1860, para conformar, los Estados Confederados de América.

De la misma forma, la marcha de ayer en Charlottesville organizada por organizaciones supremacistas, bajo el lema de “Unite the Right”, tenía su componente simbólico. No solo se trataba de protestar por la inminente retirada de la estatua del General Robert E. Lee (principal figura militar de la Confederación, no es lo mismo “recordar” que “honrar”), sino que Virginia, estado natal de Lee (el cementerio de Arlington es la antigua plantación del general rebelde) era el que al comienzo de la Guerra Civil contaba con un mayor número de esclavos.

Ayer, tras mostrar imágenes de esvásticastipos disfrazados del KKK y paramilitares armados hasta los dientes deseosos de usar unas armas, por lo demás, legales alguien me dijo que “la violencia está en ambas partes” situándolo en un simple problema de “libertad de expresión”. Curiosamente, fue lo mismo que después diría el presidente.

Es la equidistancia, esa que nunca es inocente y siempre es cómplice. Así, frente a los unos, se colocan los otros. O directamente se equiparan; como ayer mismo hacía, en España, el otrora diario independiente de la mañana, a quien, tras el atropello en el que resultó muerta una persona (entre los heridos hay cinco en estado crítico), aún le costó un par de horas hacer la distinción “entre grupos radicales (la cursiva es mía) en Virginia”. Como a Trump.

Se trata al fin y al cabo de una batalla en la que la primera víctima ha sido el propio lenguaje al aceptar (y naturalizar) conceptos tan falaces ―y fascistas―, como “posverdad” o “hechos alternativos”, en lugar de hablar directamente y sin tapujos de mentiras. Cuando hemos elevado a la categoría de virtud política razonamientos del tipo de “al menos cumple lo que prometió”. Cuando hablamos de alt-right en lugar de ultranacionalistas, supremacistas raciales, nazis o fascistas. Cuando incluso debatimos si llamar racista a un racista es demasiado porque no hace falta insultar y, por eso, recuperamos del olvido palabras como bigot o bigotry (qué suavidad, qué elegancia, siempre al detalle) para calificar discursos y posiciones que, en otro tiempo y lugar, llamaríamos simplemente racistas y racismo. Cuando a freaks conspiranoicos como Infowars o directamente filonazis como Breitbart han sido aceptados por el público en general y los medios de comunicación tradicionales como fuentes y agentes de información legítimos.

Por eso, como bien señala el historiador estadounidense Timothy Snyder en su reciente panfleto, Sobre la tiranía (que debería de ser de lectura obligatoria en los colegios de todo el mundo), este clima de posverdad en el que Trump ha situado a EE.UU. ―mucho me temo que seguido de manera más sutil en otras latitudes―, es la antesala del fascismo. Solo falta un grupo paramilitar con beneplácito oficial. De momento, ayer por las calles de Charlottesville, vimos algo de lo descrito por Snyder: “Cuando los hombres armados que siempre han afirmado estar en contra del sistema empiezan a llevar uniformes y a desfilar portando antorchas y retratos de un líder (ayer sólo hubo cánticos de adhesión), el final está cerca”.

No hay todavía paramilitares “oficiales”. Pero está el NRA que, en su anunció más reciente, si no llamaba directamente a la insurrección violenta contra todo lo que huela a “liberal”, se le parecía bastante. Otra señal a la que nadie hizo caso. 

Lo de ayer es solo otro aviso. Uno más, quizá el más sonoro y trágico hasta la fecha para todos aquellos que repetimos, queriendo tranquilizar(nos), ese seguro conformista: “Oh, no será candidato, no le dejarán”. “Oh, no ganará las elecciones, no lo permitirán”. “Oh, Washington acabará por domar a la fiera”. “Oh, existen contrapesos, las instituciones son fuertes”. Siento darles una exclusiva. Esto mismo era lo que muchos repetían en la Europa de los años 30. Oh, están las instituciones. Existen contrapesos. El resto es historia.

Entre las muchas imágenes que se vieron ayer, destacaba una fotografía. Banderas confederadas, saludos nazis y tipos disfrazados del KKK detrás de una valla de seguridad. De espaldas a ellos, un oficial de policía negro protegiendo sus derechos.

Incluso, cabría añadir.

Diego E. Barros

Fuente: http://ctxt.es/es/20170809/