Cuando las mezquitas de Ramallah apenas anuncian que el sol empieza a dejarse caer por las calles de la ciudad, capital provisional de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) en Cisjordania, el joven Laith, de 16 años, y sus padres, ya hace algunos minutos que se preparan para salir de casa. A diferencia de la mayoría de niños de su edad, que aún aprovechan los últimos momentos de sueño antes de ir a la escuela, Laith deja atrás su aislada habitación con un pañuelo que le cubre media cara. Comienza así un largo recorrido que le llevará hasta el hospital de Rambam, en la ciudad israelí de Haifa, donde debe someterse a revisiones médicas como mínimo dos veces por semana.

En noviembre de 2015 a Laith le diagnosticaron una enfermedad renal que se fue deteriorando hasta entrar en un estado de insuficiencia que solo le deja una salida, el trasplante de riñón.

Sin embargo, lo que inicialmente podría parecer un mero trámite se convirtió rápidamente en un enorme dolor de cabeza dentro de la bloqueada Palestina, donde la ley solo permite las donaciones de órganos por parte de familiares de primer grado sanguíneo. En este caso eran todos incompatibles. Después de contemplar incluso la posibilidad de comprar un riñón en el mercado negro de Egipto o la India, Osama, el padre de Laith, descubrió en internet que en Israel existía un programa de intercambio de riñones entre familias mutuamente compatibles. Pero dadas las tensas relaciones entre la Autoridad Palestina e Israel, acceder a él requiere de lo que muchos pacientes no disponen: tiempo.

La familia de Laith primero tuvo que visitar un médico en Ramallah, después enviar una carta al Ministerio de Salud de Palestina para explicarles el proyecto, esperar a recibir el visto bueno de un comité que certificase que su caso no podía ser tratado en Palestina, pedir la aprobación del ejército de Israel. Y luego seis meses más de agonía hasta recibir la anhelada llamada del hospital de Rambam. La madre de una familia palestina de la ciudad israelí de Acre podía donar su riñón a Laith. A cambio su hijo podía recibir el riñón del hermano mayor de Laith. El círculo quedaba cerrado. Pero el proceso médico en Israel, donde la entrada para la mayoría de palestinos es sistemáticamente denegada, solo acababa de empezar.

Los obstáculos que pone Israel a los pacientes que tienen que salir de los territorios ocupados para recibir tratamiento provocan que no todo el mundo tenga la misma fortuna que Laith. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2016 una de cada cinco peticiones no recibió respuesta a tiempo para poder acudir a la visita médica o fue directamente rechazada. Esta tendencia se agrava aún más si se tienen en cuenta los datos de la Franja de Gaza, bajo control del grupo islamista Hamas –enfrentado hasta ahora con la Autoridad Palestina que controla Cisjordania--, ya que hasta mediados de 2017, el 53% de todas sus solicitudes han sido denegadas o retardadas.

Además, centenares de pacientes provenientes de Gaza se ven obligados a pasar por la sala de interrogatorios antes de poder solicitar un permiso para salir de la franja. Esta política arroja sobre determinados pacientes una sombra de duda, las autoridades gazatíes creen que Israel podría aprovecharse de su desesperación para pedirles que, a cambio de autorizarles la entrada al país, colaboren con el Shabak, los servicios de seguridad interior israelíes.

06h30. Empieza la ruta

Para Laith, la primera parada del ya rutinario trayecto, y también la peor, es la que le toca vivir en el checkpoint de Qalandia, a escasos diez minutos en coche de su casa. “Los soldados no tienen en consideración que es un paciente”, se queja Osama, “y le tratan como a un potencial terrorista más” cada vez que tiene que cruzar. “La inmunidad de pacientes como Laith tiende a ser muy baja, de tal manera que cruzar rodeado de todos los trabajadores [que también se desplazan al otro lado del muro] es muy peligroso”, reniega, antes de explicar el caso de una madre que cada día debe cargar con su hijo de 16 años enfermo del hígado para poder cruzar el checkpoint de la ciudad septentrional de Yenín. “Si hubiese un cierto nivel de humanidad abrirían alguna puerta especial para los enfermos”, sentencia.

Cuando consiguen pasar al otro lado del muro, las tranquilas caras de Laith y Osama, que incluso se para a fumar un cigarro, contrastan con las de los trabajadores que, con prisas, siguen su arduo trayecto hacia el trabajo. Padre e hijo esperan a Susan, una activista judía nacida en Estados Unidos y que hace un año y medio decidió enrolarse en Road To Recovery, una organización de la sociedad civil israelí, nacida en 2010, que acompaña gratis en coche a pacientes palestinos desde los checkpoints militares de Cisjordania y Gaza hasta los hospitales israelíes donde reciben el tratamiento médico.

“En Israel hay una gran diferencia entre la gente ordinaria y la imagen que tenemos de los militares”, se sincera Osama, que prefiere no hablar del ejército por miedo a que le retiren los permisos para entrar en el Estado hebreo. Con Susan, en cambio, es completamente diferente, y agradece toda la ayuda que les brindan desde la organización. “Lo que hacen desde Road to Recovery es fantástico”.

Esta es precisamente la idea que vertebra el proyecto. “La ayuda humanitaria crea un terreno común y un espacio seguro que permite una interacción decidida entre israelíes y palestinos, facilitando el diálogo, la empatía y la confianza entre ellos”, reflexiona Hela Yaniv, miembro de la organización. “Las encuestas muestran continuamente que la mayoría de israelíes y palestinos perciben al otro como una amenaza para su propia existencia”, añade Hela, antes de lamentar que estas ideas están sesgadas y se deben al hecho de que “la mayoría de israelíes no se encuentra ni interactúa nunca con los palestinos, y viceversa”.

Solo en 2016, los más de 1.100 voluntarios de Road to Recovery recorrieron 850.000 kilómetros, en casi 6.500 viajes, para acompañar a 13.000 pacientes, la mayoría de ellos niños, a diferentes hospitales de Israel. Según explica Hela, lo que propulsó la organización, que nació como un favor personal de su fundador, Yuval Roth, a un amigo palestino de Gaza, fue una donación de 10.000 dólares del cantautor y poeta canadiense Leonard Cohen, que conoció la actividad de Roth mientras viajaba por Israel. Desde entonces, el camino que han recorrido juntos judíos y palestinos supera las 50.000 horas. Unos seis años ininterrumpidos de carreteras cotidianas.

Las limitadas capacidades de que disponen los hospitales de la Autoridad Palestina, la paupérrima situación en que se encuentra inmersa la Franja de Gaza, y los vacíos legales que afectan algunos tratamientos médicos debido a la paralización del Parlamento palestino, inoperativo por disputas internas desde 2006, provocan que los casos médicos más difíciles se tengan que derivar a hospitales de fuera, un proceso que cuesta millones de euros a las arcas palestinas. Solo en el caso de Laith, todo el tratamiento sube a casi 50.000 euros, una suma que asume íntegramente el Ministerio de Salud a pesar de los limitados recursos financieros de que dispone. “En el hospital de Rambam te encuentras a muchos palestinos y todas sus cirugías las paga la Autoridad Palestina”, agradece Osama, que asegura que “en Israel funcionan mucho mejor porque tienen los recursos financieros, el equipamiento… y no están ocupados”. Al final, asume, Israel no les está haciendo ningún favor, sino que “es un proveedor de servicios médicos” como los pueden ser España, los Estados Unidos o Jordania. “Es un negocio”.

El problema, sin embargo, es que ni la Autoridad Palestina ni Israel cubren el transporte hasta los hospitales, de manera que el coste de estos desplazamientos recae sobre los hombros de unas familias palestinas que generalmente no pueden asumir la carga. “Si tuviésemos que ir en taxi desde Ramallah hasta Haifa [unos 150 kilómetros] nos costaría unos 1.000 shéquels (250 euros)”, calcula Osama, que antes de conocer Road to Recovery utilizaba su coche particular para ir hasta la ciudad de Yenín, en el norte de Cisjordania, cruzar a pie el checkpoint de al-Jalamah y atravesar en taxi los 50 kilómetros que le separan de Haifa. Toda la ruta subía a más de 150 euros. Ahora, en cambio, solo deben pagar los viajes en territorio palestino, más económicos.

Tras poco menos de un cuarto de hora de espera, llega Susan, que se ha levantado a las 5:30 para llegar puntual a su cita con Osama y Laith. En su caso, decidió sumarse a Road to Recovery después de que su hijo superase una difícil enfermedad en el mismo hospital donde Laith está recibiendo tratamiento. “Cuando mi hijo se recuperó empecé a mirar a mi alrededor”, explica Susan mientras conduce, “[y me di cuenta de que] hay niños tan enfermos que la vida de toda la familia acaba girando alrededor de la enfermedad del pequeño”, de manera que si “pueden ahorrarse la inquietud de pensar en el tema del transporte” ya se ahorran un dolor de cabeza. Osama no podría estar más de acuerdo.

Durante el trayecto, que dura dos horas, hay tiempo para hablar de todo. Desde la situación en Gaza y Cisjordania hasta la boda del hijo de Susan, que se casa el año que viene. Desde los refugiados palestinos en Líbano y Jordania hasta el viaje a Francia que Laith no pudo hacer por culpa de la enfermedad. Bromean, ríen y provocan al más joven que, tímido, ve la carretera marcharse desde los asientos traseros del coche, como si nada de lo que estuviera pasando fuese con él. Cuando paran un momento en una gasolinera para que Laith vaya al baño, Susan aprovecha para sacar de la guantera un pequeño regalo para la hija pequeña de Osama, fan de Disney. Son muchos y difíciles los kilómetros que han pasado juntos en la carretera, y ahora ya son como amigos. 

Para Osama, y tantos otros pacientes palestinos de Cisjordania o la Franja de Gaza, hacer el trayecto hasta los hospitales de la mano de una persona israelí de confianza como Susan es también una garantía, ya que teme que en el transporte público les podría pasar algo.

Pasados quince minutos de las nueve de la mañana, el grupo llega al hospital de Haifa, donde los contrastes entre la gente ordinaria y los agentes de seguridad vuelven a florecer. “Entiendo que la seguridad en la entrada del hospital nos inspeccionase la primera y la segunda vez que vinimos”, vuelve a quejarse Osama, “pero nos hacen los mismo cada vez”. Esto es, cruzar unos detectores de metal, enseñar sus bolsas y retirarles los documentos de identidad hasta que abandonan el complejo. “La seguridad es la cara oscura de la historia”, suspira Osama después de despedirse de Susan, que se va a trabajar.

Una vez son dentro del hospital, Laith tiene que correr hacia la sala donde le sacarán sangre. Tiene que hacerlo antes de las nueve y ya va tarde. A pesar de la ayuda que reciben de Road to Recovery, un trayecto de 150 kilómetros puede convertirse en una eternidad para los palestinos que viven al otro lado del muro. En su caso, cruzar esta distancia supone unas tres horas cuando tienen suerte y pueden ir directamente desde el checkpoint de Qalandia hasta Haifa. Hay días en los que primero tienen que ir a Tel Aviv y, desde allí, subir al hospital de Rambam en el coche de un segundo miembro de la organización.

La odisea de padre e hijo no acaba a las 10:30, cuando Laith ya ha pasado la revisión ordinaria. Entonces deben esperar entre dos y cuatro horas hasta que se llene un coche de Road to Recovery que, generalmente, les trasladará hasta Yenín, en un trayecto de una hora. Desde allí, aún deberán cruzar el checkpointde al-Jalamah y recorrer, en dos horas, los poco más de 60 kilómetros que les separan de Ramallah. Ponen, ahora sí, punto y final a un día de visita ordinaria en un territorio donde el muro y los controles israelíes hacen que se tarden nueve horas en recorrer 300 kilómetros.

AUTOR

  • Marc Español

Fuente: http://ctxt.es/es/20171004/