Esta noche los repartidores de Deliveroo, la empresa de reparto de comida a domicilio, van a la huelga. Será entre las 20 y las 23 horas, en la franja de máxima actividad de la semana; piden que se les garanticen al menos 20 horas semanales de trabajo con dos pedidos por hora. La empresa se ha comprometido a realizar ciertos ajustes que favorecen a los repartidores, como permitirles trabajar en paralelo para otras compañías o mejorar el estatus de quienes sean autónomos dependientes, pero no garantiza mínimos.

Hasta el mes pasado existía un pacto tácito entre Deliveroo y sus 'riders' por este volumen de trabajo, que garantizaba 85 euros semanales a los que reparten en bicicleta y 90 para los motoristas. En la proyección mensual son 340 y 360 euros.

El problema es que el número de repartidores ha crecido en mayor medida que los pedidos que recibe Deliveroo, de modo que muchos pasan las horas en la calle esperando ser movilizados sin que llegue a sonar su móvil.

La relación entre Deliveroo y sus repartidores, que en realidad son trabajadores autónomos, resulta inusual. Los 'riders' indican su disponibilidad a través de una plataforma 'online' y la compañía les envía, días después, su horario de trabajo semanal. Cuando están de guardia, los repartidores deben acudir a un punto de encuentro situado en el centro de la zona que van a cubrir en ese momento. Allí esperan a que les salte una alerta en su teléfono: desde ese momento tienen un margen de 30 minutos para realizar la entrega de la comida, que será seguida en tiempo real tanto por la empresa como por el cliente a través del GPS. Cobran 4,25 euros por pedido los ciclistas y 25 céntimos más los que van en moto. Hasta ahora, si trabajaban cuatro horas en un turno y no tenían pedidos, Deliveroo les pagaba por valor de ocho, el resultado de dos por hora. Ahora se vuelven de vacío a casa. Es una trampa ladina, ya que no solo no cobran, sino que se ven obligados a pasar el tiempo en la calle sin poder hacer nada más.

En el centro de Madrid hay dos lugares de reunión de repartidores: uno en Malasaña, en el parque de la calle Barceló, y otro para bicicletas eléctricas en la plaza de Santa Ana, en torno a la estatua de García Lorca. Aquí disponen además de una especie de 'batcueva' que pertenece a la empresa Don Cicleto. Deliveroo colabora con este y otras pequeños negocios locales para proporcionar servicios a sus repartidores tales como la reparación o el alquiler de bicicletas eléctricas, por el que cobran 150 euros mensuales. En Santa Ana, en la franja de comidas del pasado viernes, solo quedaban dos repartidores. Los llamaremos Edgar y David; prefieren no dar sus verdaderos nombres porque han escuchado historias de despidos fulminantes por criticar a la empresa.

"Claro que estoy a favor de la huelga. ¿Tú sabes lo frustrante que es pasarte tres horas en la calle esperando, en invierno congelado y en verano sudando como un loco, para volverte a casa con menos de 20 euros ganados? Te dan ganas de no venir al día siguiente", explica Edgar, 36 años y originario de República Dominicana. Lleva haciendo pedidos para Deliveroo desde principios de año e ingresa una media de 650 euros mensuales. Compagina este trabajo con otro de mozo de descargas que le proporciona el complemento necesario para mantener a sus dos hijos. "Gano más con las mudanzas y me canso menos, pero esto me lo tomo como un 'hobby', como si hubiese ido a montar en bicicleta con amigos", dice divertido.

A Edgar se le congela la sonrisa cuando habla de sus condiciones laborales: "La segunda semana que trabajé en el reparto de comida a domicilio usaba una bicicleta muy vieja y se me desmontó en mitad de la carretera. Me caí y me astillé el hueso radio, en el antebrazo. Un mes de baja sin cobrar un euro. Además, una motorista a la que tiré en el accidente me pidió los papeles del seguro y, al no dárselos, me dijo que me iba a demandar", relata. "Nunca lo hizo, y se lo agradezco, pero cuando yo vine a Europa me esperaba otras condiciones laborales, con más seguridad, no las mismas que tenemos en Centroamérica", lamenta. Mientras, David asiente con la cabeza. Es del "norte de Castilla y León" y todavía está en la universidad, intuyo que en los primeros cursos: "Llevo poco tiempo trabajando en Deliveroo y estoy contento. Vivo aquí al lado y puedo elegir cuánto trabajar cada día", dice. Y, cuando parece que va a detallar los peros del trabajo, suena su móvil: "Me tengo que ir".

Le pregunto si puedo acompañarle en este pedido con mi bici y acepta con la condición de que no interaccione con restaurantes o clientes. Llevamos comida mexicana a la calle Mayor a una media de 22 km/h según mi cuentakilómetros. No es tan despacio. Si no me descuelgo en las rampas de la calle Segovia es por pura vergüenza, por no retrasar a David, pero igualar la velocidad de una bicicleta eléctrica me deja sin resuello y no puedo seguir haciéndole preguntas. Él se ríe: "Pues imagínate subirla ocho o diez veces al día como hacen algunos compañeros que encima van en bicicleta de montaña… pero mira, la gente cree que nos quejamos de la dureza del trabajo y no es así. Incluso he visto a gente en Twitter pedir que no se encargue a Deliveroo porque los repartidores pasamos mucho calor… ¿pero quién te ha dicho a ti que queremos eso? ¡Nosotros vivimos de hacer pedidos, cuantos más mejor! Lo que estamos pidiéndole a la compañía es un mínimo de seguridad, ni siquiera al nivel de un asalariado, pero es que nosotros no somos autónomos reales, trabajamos según los horarios y las tarifas de una sola compañía", argumenta.

En esta línea, Deliveroo propone a los 'riders' que sean capaces de demostrar que el 75% de sus ingresos proceden de la compañía, un incremento salarial en torno a un 12% gracias a una nueva modalidad de contrato.

Dejo a David y su motorcito y me voy a Barceló, a donde se reúnen los ciclistas a palo seco. Son las 13:30 y hay al menos diez repartidores. Se disipan en cuestión de cinco minutos, lo que se tarda en poner la cadena a la bicicleta y sacar un cuaderno. "Están haciendo pedidos, claro", dice Ramón. Se ha quedado solo en la parada porque se ha confundido de horario: pensaba que trabajaba en la hora de la comida y es en la cena. Son los gajes de un oficio en el que los cuadrantes cambian constantemente.

Su perfil es curioso: Ramón Martín es un ingeniero zaragozano de 50 años que llegó hace dos meses a Deliveroo después de cerrar un herbolario que regentó durante siete años. Trabaja a la vez como camarero y está a punto de empezar a repartir también con Uber Eats y Stuart, otras compañías de reparto de comida a domicilio. Tiene tanta experiencia laboral –y vital– que no tiene problemas en dar la cara o ponerle objeciones al parón de esta noche: "Yo estoy a favor de la huelga, pero no en los términos que se está articulando. Repartimos una octavilla con diez reclamaciones y deberíamos centrarnos solo en dos o tres, que es lo que realmente podríamos conseguir. Tampoco creo que lo estemos comunicando bien, con palabras negativas como 'falso autónomo', que evoca sentimientos de desconfianza en la población", dice.

Para Martín lo principal es que se les aseguren los trayectos. Ayer, sin ir más lejos, se le cayó la bicicleta en un semáforo sobre un coche detenido y le rayó la pintura. Como Edgar, no tuvo ningún documento con el que apaciguar al afectado: "Le hice una rayita de nada, pero claro, habrá que arreglarlo. Le dejé mi teléfono y, si me llama, le tendré que pagar el arreglo de chapa de mi bolsillo". La compañía tampoco se hace cargo de las reparaciones de la bicicleta, aunque sí recomienda una serie de talleres con precios cerrados y algo más económicos de lo habitual. Si durante una jornada laboral a Ramón se le rompe una rueda, por ejemplo, tiene que darse prisa para 'liberar' su cuadrante. En jerga significa que renuncia a sus pedidos y la empresa tiene que encargárselos a otro. Si en ese momento algún otro repartidor recoge el guante, no hay ningún problema. Si no, sigue siendo responsabilidad de Ramón realizar los pedidos: "En metro o en autobús, como sea", dice.

Cuando no consiguen repartir, o lo hacen demasiado lento, son penalizados por una especie de karma con el que Deliveroo puntúa a sus repartidores. 0 es la mejor nota y 9 la peor; "los que tienen números más altos tienen menos pedidos. Yo ahora tengo 0NN, que no sé qué significa, pero creo que es peor que 0 solo", relata el ingeniero, que el mes pasado facturó en torno a 400 euros por sus pedidos. Por si las cosas no mejoran, Martín ya ha comenzado a moverse. Él y otros muchos 'riders' miran con interés la evolución de Stuart, un servicio de 'delivery' que empieza a tomar vuelo en nuestro país. Relatan que paga semanalmente, como Uber Eats y a diferencia de Deliveroo, que lo hace quincenalmente. Esto es importante a la hora de garantizar los dos pedidos por hora: "Si trabajas una semana 20 horas en Stuart, te van a pagar un mínimo de 40 pedidos, aunque no los hagas. Sin embargo en Deliveroo, al ser quincenal, es el doble de posible que te compensen en la segunda semana. Por eso antes, cuando te garantizaban esos dos pedidos por hora, en realidad acababas haciendolos todos, porque los últimos días te hinchabas a repartir", dice Martín.

Según el relato común, los 'riders' consideran quedesde Deliveroo se les abre o cierra el grifo según les convenga. Martín tiene una explicación: "Deliveroo es una empresa británica, centrada en los horarios y la productividad, mientras que Stuart es francesa, más propensa a tener menos trabajadores pero cuidarles mejor", remacha. Con todo, Ramón es feliz en Deliveroo: "Llevo montando en bicicleta desde los 21 años, siempre solo, y ahora tengo un montón de amigos ciclistas...¡me hace mucha ilusión!".

Los repartidores no saben si esta noche bloquearán las calles –coincidiendo con el World Pride, que se celebra esta semana en Madrid– como hicieron sus compañeros londinenses o simplemente rechazarán los pedidos y permanecerán en sus paradas con carteles reivindicativos. Al fin y al cabo son autónomos y no están demasiado conectados. Un repartidor que pasa apenas dos minutos por Barceló resume la situación: "A lo mejor no conseguimos nada, pero hacemos la huelga en parte para esto, para que los medios os preocupéis y al menos todo el mundo sepa en qué condiciones trabajan las personas que te llevan la comida a casa", dice perdiéndose entre el tráfico.

Fuente: http://www.elconfidencial.com/