Las diversas biografías de que disponemos sobre Ernesto Che Guevara se han caracterizado por subestimar el estudio de su pensamiento a pesar de tratarse de una de las figuras históricas en quien la consecuencia entre sus ideas y su conducta se nos manifiesta con mayor fuerza. Se hace de notar la falta de una biografía intelectual que dé cuenta de la formación y evolución de sus ideas en los distintos contextos de su azarosa existencia y como parte inseparable de su extraordinaria personalidad.

Precisamente, un rasgo señalado por todos sus biógrafos ha sido su fuerte vocación intelectual, que finalmente se plasmaría en una brillante reflexión sobre la práctica y la teoría revolucionaria.

Del asedio de Madrid tras el golpe de Franco de 1936 al golpe militar en Argentina de 1976, en un viaje por la guerra y la posguerra, el Berlín sitiado por los rusos, las masacres alemanas en Estonia o los despachos de la diplomacia en Washington o Londres, Almudena Grandes (Madrid, 1960) mezcla sabiamente historia y ficción en más de 750 páginas y con más de 200 personajes (una cuarta parte de ellos reales) para construir una verosímil historia de espionaje republicano impulsado por el presidente Negrín. Un relato de perdedores, desesperanza y clandestinidad que saca los colores a la dictadura de Franco y a los aliados que consintieron y ampararon una red de huida de criminales nazis en España.

Un siglo después de su triunfo, la revolución bolchevique sigue suscitando furiosos ataques de la derecha política y de sus terminales ideológicos en la prensa y en las televisiones, en la investigación universitaria dirigida y subvencionada, y en los centros de elaboración ideológica liberal, que, sin embargo, apenas se interrogan sobre el infierno capitalista del que surgió la revolución: el barro y la muerte en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y la oprobiosa autocracia zarista que ahogaba al pueblo ruso y lo condenaba a la miseria y la explotación. Para los beneficiarios del capitalismo realmente existente y para los vendedores de mentiras, el socialismo soviético se resume en error y represión,

El 20 de febrero de 1968, casi siete años antes de su fallecimiento, Francisco Franco rubricaba en el palacio de El Pardo su testamento personal. Quienes han tenido en su mano el documento, indican que certificaba el legado a su muerte de dos millones de pesetas (12.000 euros) a cada uno de sus siete nietos, y a su mujer y a su hija los bienes inmobiliarios registrados a su nombre: el palacio del Canto del Pico (Torrelodones) y el pazo de Meirás, ambos regalados al dictador.

Pero el patrimonio familiar era mucho mayor. Tanto, que de esos bienes han seguido viviendo en buena medida sus descendientes y han generado

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadunidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard; el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.

Muchas vidas podrían estar marcadas por este papel amarillento. Lo peor, o lo más doloroso, es que sus protagonistas –involuntarios protagonistas- quizás no lo sepan. Algunos aún vivirán en la mentira. Otros habrán muerto sin conocer la verdad. Tanto unos como otros fueron entregados por la dictadura franquista a matrimonios “honorables” de Bizkaia que aceptaron criarlos a cambio de cobrar ayudas económicas “trimestrales”.

Se comprueba así que la dictadura no solamente sistematizó la venta de niños: también pagó “subvenciones” a familias que estuvieran dispuestas a “prohijarlos”, un mecanismo que acabaría convirtiéndose en una forma de adopción encubierta de los hijos de los “perdedores”.