Por Ernesto Gómez de la Hera

Cualquier análisis, no imparcial, pero sí objetivo, de la rueda de prensa del señor Mas este sábado, así como del documento que se dice firmado por la CUP, permite afirmar que nos encontramos ante una repetición del conocido “tamayazo” madrileño. Una repetición menos burda y grosera, pero una repetición flagrante de lo que no es más que un fraude antidemocrático.

En efecto, aunque ahora existe un documento, se trata no de un “acuerdo parlamentario” como se titula, sino de un compromiso unilateral de la CUP que declara su aceptación de cinco puntos concretos. Y no conocemos, al menos por ahora, un compromiso equivalente de la otra parte contratante, como diría G. Marx, más allá del voluntario

“paso al costado” de Mas. Es decir, no hay compromisos de programa de gobierno social y al servicio de los más desfavorecidos, más allá de la eterna promesa de la tierra independiente “que mana leche y miel”. O sea lo que siempre han prometido todas las iglesias: el paraiso, pero en otra vida. No cabe duda, pues, de la razón de Mas en su comparecencia al repetir varias veces que esto les había salido gratis a los sempiternos amos de Catalunya. Que ya se sabe que los peones del Poder son intercambiables y, en el paisaje, tanto da un “mas” como un “puig”.

Pero donde el fraude alcanza cotas de esperpento es cuando advertimos que no se sabe que órgano dirigente de la CUP ha aceptado ese sedicente “acuerdo parlamentario”. O al menos, ya que es conocida la bancarrota política de la dirección “cupera” tras la “x en la quiniela” del partido de Sabadell, que diputados se han comprometido a esos cinco puntos. ¿Los diez? No parece, puesto que entonces no haría falta purgar el grupo de díscolos. Pero, claro, si se acepta que hay díscolos que deben ser purgados la pregunta inmediata es ¿quien hará las funciones de NKVD? Todos sabemos que no hay manera de obligar a dimitir a un diputado, a no ser con el uso de técnicas mafiosas, que ya se estaban usando contra alguna diputada de la CUP, en las que tan ducha se ha mostrado alguna destacada familia convergente. Así que, por el momento, dado que ni “Tamayo” ni “Sáez” han hecho declaraciones y siguen en el anonimato, se mantendrá esta incógnita.

Sin embargo, el segundo punto del “acuerdo parlamentario” nos permite averiguar que al menos son dos los comprometidos (mira, ¡cómo en Madrid!). Y es que dos son los diputados elegidos el 27 de septiembre en las listas de la CUP que ahora, según ese compromiso, harán el tránsfuga al grupo de los 62 y ya 64. Cifra mágica que evitará aquello que tanto temen los amos de la “Terra”: que la gente vote. Lo que demuestra, una vez más, que eso de “volem votar” no es más que una falsedad como todas las que salen de sus labios (y en sus cadenas de TV y radio).

Naturalmente todas estas añagazas de vía estrecha sirven solamente para salir de este

atolladero puntual e impedir las nuevas elecciones. Salvo que hubiera una reacción democrática de cinco diputados de la CUP que votaran “no” el día 10. Cosa que no es previsible, dado su estado de descomposición y consternación presentes. Luego vendrán los problemas del día a día, en los que ese “acuerdo parlamentario” no servirá para nada. Pero quienes han urdido esto habrán ganado tiempo, 4 años más piensan ellos, aunque no cabe duda de que este amaño provocará otro similar en el gobierno español, en cuyo ámbito también se desvanecen ya las posibilidades de nuevas elecciones

No obstante, desde otro punto de vista hay efectos deletéreos que no se pueden desconocer. La bancarrota política de la dirección de la CUP, incapaz de actuar organicamente en un sentido u otro, se va a transformar en un auténtico batacazo que afectará a toda la organización. No es preciso ser muy despierto para saber, recordando experiencias anteriores, que este tipo de cosas son de las que aniquilan a un grupo político. Esto significará una cierta recomposición y, seguramente, un

reforzamiento de otros grupos políticos recién llegados a la arena política, pese a que tardará en mostrarse electoralmente “quod erat demostrandum”.

Por encima de esto hay otro efecto a reseñar: Habrá que repensar (por lo menos quienes creen en ello) ese famoso concepto fantasmagórico del catalanismo de izquierda o catalanismo popular. Y es que, como siempre, quienes se han vuelto a salir con la suya son los únicos catalanistas “realmente existentes”.