Quién estos días aplauda la salida en estos términos del conflicto en el aeropuerto de Barcelona haría bien en tomar nota. Sus aplausos serán cómplices de un nuevo ataque contra los mecanismos de defensa que tenemos la inmensa mayoría de la población, aquellos y aquellas que vivimos de nuestro trabajo.

Vivimos una época en que las huelgas y los conflictos laborales aumentan, especialmente en Cataluña y, concretamente, en las comarcas barcelonesas. Vivimos una época también donde las reacciones contra las huelgas afloran bajo varias formas.

Unos argumentos diversos que confluyen al construir un estado de opinión crítico, desclasado (o más bien al servicio de quien controla la economía y la política) que niega las luchas de los y las trabajadoras quienes, en definitiva, somos prácticamente toda la población.

Si bien siempre ha existido, como mínimo bajo el capitalismo, esta fobia, la ‘huelgafobia’ renace y vuelve a crecer. Muchos medios de comunicación, tertulianos y personalidades políticas participan de manera activa.

Estos días estamos viviendo un nuevo episodio donde parece que la ‘huelgafobia’ y sus consecuencias han subido un peldaño. Se trata del conflicto que hay alrededor de una actividad parcialmente privatizada que AENA externalizó hace tiempo: el control de seguridad de los equipajes en el aeropuerto del Prat. Al respeto, antes de continuar, quiero dejar claro que el sindicato donde yo milito ya hace años decidió no permitir la afiliación de “seguratas”, de policías privados al entender que se trataba de un cuerpo represivo o potencialmente represivo a las órdenes de empresas capitalistas. Decisión de la que, personalmente, me siento orgulloso. Aún así, lo que está pasando ahora mismo en el aeropuerto de Barcelona (y previsiblemente en breve en otros puntos del Estado) es un nuevo exponente de esta ‘huelgafobia’. Hoy viernes, después de que el personal de Eulen de los controles de equipajes rechazaran la propuesta que empresa y Generalitat habían pactado, todos los grandes medios y una buena parte de la clase política, incluso personalidades de los “comunes”, reclamaban orden. Y este orden parece que se impondrá desplegando a la Guardia Civil en el aeropuerto del Prat para suplantar al personal de Eulen en huelga. Un cuerpo militar para finalizar una huelga.

Como decía, a mí las empresas de seguridad privada no me generan ninguna simpatía. Y los “seguratas”, de quienes a veces he sufrido abusos, tampoco. Pero el precedente que se está a punto de escribir es bastante grave cómo para que nos tengamos que posicionar, de manera activa, en contra. Mirémoslo así. Un conflicto afecta al aeropuerto, incrementando un poco las colas de los pasajeros. En realidad, impacta sobre una parte muy pequeña de la población catalana, a pesar de que dentro de la gente afectada debe de haber parte de aquellos y aquellas que tienen rentas más altas y, estadísticamente, cuando hacen vacaciones viajan más frecuentemente en avión que el resto. En cambio, el efecto sobre turistas quizás es más grande, a pesar de que básicamente consista en más tiempo de espera para pasar un control. Nadie se queda sin hotel, sin luz o sin atención médica por eso. Un sector estratégico para el capital como por ejemplo el turismo puede sufrir un cierto desgaste en una época en que, además, la mayoría de la población ponen en entredicho sus supuestas virtudes.

A partir de aquí, la prensa se ha hecho eco. Algunos han dicho, incluso, que era otro ataque del gobierno español contra el “proceso catalán”. Otros, simplemente, han expresado su indignación por tener que esperar algo más para coger un avión. Casi nadie ha mencionado que mientras los accionistas privados de AENA se llenan los bolsillos, la ratio entre pasajeros y trabajadores/as de AENA ha aumentado más de un 100%. O que las licitaciones por servicios externalizados se han abaratado entre un 20 y un 30%. No sólo en los controles de seguridad, sino también en las empresas de limpieza, de handling, etc. Por el contrario, el problema se ha presentado únicamente como una cuestión de orden público y, como tal, se ha reclamado una solución.

Las autoridades laborales de la Generalitat también han entrado abiertamente a jugar este juego, aunque si queréis de manera más sutil. Cuando la consejera Bassa criminaliza a un comité de huelga por no votar una propuesta de mediación del gobierno pactada con la empresa, niega la autonomía de los y las huelguistas para decidir libremente qué es aceptable para ellos y qué no lo es. Qué es lo que vale la pena discutir y qué, simplemente, es una opción que no hace falta ni considerar. En cierta medida, el Ayuntamiento de Barcelona ya jugó esta carta durante la última huelga del Metro. Ahora, parece, su uso se generaliza y, con la ayuda de la prensa, se normaliza ante la opinión pública. De una manera similar parece que también se quiere presentar como normal, y deseable, que el gobierno imponga un arbitraje obligatorio que es una manera fina de decir que una huelga se acaba por decreto. Independientemente de su resultado. Que se prohíbe porque, usando otras palabras, en realidad se declara ilegal. En paralelo a todo esto, hay el despliegue de la Guardia Civil, un cuerpo militar para dejar sin efecto la huelga.

Cómo decía, la figura del “segurata” no me despierta simpatías. Pero el desenlace de la huelga de Eulen en el aeropuerto de Barcelona puede ser terrible para el conjunto de los y las trabajadoras. Las medidas que parece que los gobiernos catalán y español, con el beneplácito de la patronal de Eulen, de círculos de negocios, de tertulianos y de políticos se llevarán a cabo no son nada nuevas. Responden a una estrategia que la patronal ha usado reiteradamente a lo largo del s. XX. De hecho, han sido uno de los puntos fuertes de la alianza entre la burguesía catalana y la del Estado en los últimos 175 años. Y tampoco son demasiados originales actualmente. Si recordáis, todas ellas sonaron durante la última gran huelga en Cataluña, la de los y las trabajadoras del Metro de Barcelona.

La ‘huelgafobia’ inducida cuidadosamente como herramienta para hacer frente a una creciente conflictividad laboral poco a poco da sus frutos. Ahora mismo vemos como se aplaude una inminente solución de “fuerza” a un conflicto laboral, sin entrar a analizar ni las causas ni ninguna salida alternativa. Salidas como podrían ser revertir las externalizaciones y hacer que los controles de seguridad lo hagan trabajadores/as normales, sin porra. No, el que se plantea es prohibir la huelga y desplegar un cuerpo militar. Yo, personalmente, me temo que el objetivo de esta operación no es, al final, sólo el conflicto de Eulen. Pienso que, más allá de ello, está el normalizar de cara a la opinión pública el usar las vías abiertamente represivas en conflictos laborales y, en definitiva, hacer todavía más normal la presencia de policías y militares armados en los espacios públicos. No nos extrañemos si en un plazo no demasiado largo toman fuerza las sugerencias de regular de manera todavía más restrictiva el derecho de huelga. En definitiva, la ‘huelgafobia’ convenientemente alimentada nos lleva a la militarización. Justifica que los conflictos laborales se vendan como simples problemas de orden público y, como tales, resolverlos mediante la represión.

Quién estos días aplauda la salida en estos términos del conflicto en el aeropuerto de Barcelona haría bien en tomar nota. Sus aplausos serán cómplices de un nuevo ataque contra los mecanismos de defensa que tenemos la inmensa mayoría de la población, aquellos y aquellas que vivimos de nuestro trabajo.


De la vagafòbia a la militarització

Vivim una època en que les vagues i els conflictes laborals augmenten, especialment a Catalunya i, concretament, a les comarques barcelonines. Vivim una època també on les reaccions contra les vagues afloren sota diverses formes. Uns arguments diversos que conflueixen en construir un estat d’opinió crític, desclassat (o més aviat al servei de qui controla l’economia i la política) que nega les lluites dels i les treballadores que, en definitiva, som pràcticament tota la població. Si bé sempre ha existit, com a mínim sota el capitalisme, aquesta fòbia, la vagafòbia, reneix i torna a créixer. Molts mitjans de comunicació, tertulians i personalitats polítiques hi participen de manera activa.

Aquests dies estem vivint un nou episodi on sembla que la vagafòbia i les seves conseqüències han pujat un esglaó. Es tracta del conflicte que hi ha al voltant d’una activitat que la parcialment privatitzada AENA va externalitzar fa temps: el control de seguretat dels equipatges a l’aeroport de El Prat. Al respecte, abans de continuar, vull deixar clar que el sindicat on jo milito ja fa anys va decidir no permetre l’afiliació de “segurates”, de policies privats en entendre que es tractava d’un cos repressiu o potencialment repressiu a les ordres d’empreses capitalistes. Decisió de la que, personalment, me’n sento orgullós. Amb tot, el que està passant ara mateix a l’aeroport de Barcelona (i previsiblement en breu a altres de l’estat) és un nou exponent d’aquesta vagafòbia. Avui divendres, després que el personal d’Eulen dels controls d’equipatges rebutgessin la proposta que empresa i Generalitat havien pactat, tots els mitjans de comunicació grans i una bona part de la classe política, fins i tot personalitats dels “comuns”, reclamaven ordre. I aquest ordre sembla que s’imposarà desplegant la Guardia Civil a l’aeroport de El Prat per suplantar el personal d’Eulen en vaga. Un cos militar per finalitzar una vaga.

Com deia, a mi les empreses de seguretat privada no em generen cap simpatia. I els “segurates”, de qui de vegades n’he patit abusos, tampoc. Però el precedent que s’està a punt d’escriure és prou greu com perquè ens hi haguem de posicionar, de manera activa, en contra. Mirem-ho així. Un conflicte afecta l’aeroport, incrementant una mica les cues dels passatgers. En realitat, impacta sobre una part molt petita de la població catalana, tot i que dins de la gent afectada hi deu haver part d’aquells i aquelles que tenen rentes més altes i, estadísticament, quan fan vacances viatgen més freqüentment en avió que la resta. En canvi, l’efecte sobre turistes potser és més gran, tot i que bàsicament consisteixi en més temps d’espera per passar un control. Ningú es queda sense hotel, sense llum o sense atenció mèdica per això. Un sector estratègic pel capital com ara el turisme pot patir un cert desgast en una època que, a més, la majoria de la població posen en entredit les seves suposades virtuts.

A partir d’aquí, la premsa se n’ha fet ressò. Alguns han dit, fins i tot, que era un altre atac del govern espanyol contra el “procés català”. D’altres, simplement, han expressat la indignació per haver d’esperar una mica més per agafar un avió. Gairebé ningú ha esmentat que mentre els accionistes privats d’AENA s’omplen les butxaques, la ràtio entre passatgers i treballadors/es d’AENA ha augmentat més d’un 100%. O que les licitacions per serveis externalitzats s’han abaratit entre un 20 i un 30%. No només en els controls de seguretat, sinó també a les empreses de neteja, de handling, etc. Per contra, el problema s’ha presentat únicament com una qüestió d’ordre públic i, com a tal, s’ha reclamat una solució.

Les autoritats laborals de la Generalitat també han entrat obertament a jugar aquest joc, encara que si voleu de manera més subtil. Quan la consellera Bassa criminalitza un comitè de vaga per no votar una proposta de la mediació del govern pactada amb l’empresa, nega l’autonomia dels i les vaguistes per decidir lliurement què és acceptable per a ells i què no ho és. Què val la pena discutir i què, simplement, és una opció que no cal ni considerar. En certa mesura, l’Ajuntament de Barcelona ja va jugar aquesta carta durant la darrera vaga del Metro. Ara, sembla, el seu ús es generalitza i, amb l’ajut de la premsa, es normalitza davant l’opinió pública. D’una manera similar sembla que també es vol presentar com a normal, i desitjable, que el govern imposi un arbitratge obligatori que és una manera fina de dir que una vaga s’acaba per decret. Independentment del seu resultat. Que es prohibeix perquè, fent servir altres paraules, en realitat es declara il·legal. En paral·lel a tot això, hi ha el desplegament de la Guardia Civil, un cos militar per deixar sense efecte la vaga.

Com deia, la figura del “segurata” no em desperta simpaties. Però el desenllaç de la vaga d’Eulen a l’aeroport de Barcelona pot ser terrible pel conjunt dels i les treballadores. Les mesures que sembla que els governs català i espanyol, amb el beneplàcit de la patronal d’Eulen, de cercles de negocis, de tertulians i de polítics es tiraran endavant no són gens noves. Responen a una estratègia que la patronal ha fet servir reiteradament al llarg del s. XX. De fet, han sigut un dels punts forts de l’aliança entre la burgesia catalana i l’Estat els darrers 175 anys. I tampoc són massa originals actualment. Si recordeu, totes elles van sonar durant la darrera gran vaga a Catalunya, la dels i les treballadores del Metro de Barcelona.

La vagafòbia induïda curosament com a eina per fer front a una creixent conflictivitat laboral poc a poc dóna els seus fruits. Ara mateix veiem com s’aplaudeix una imminent solució de “força” a un conflicte laboral, sense entrar a analitzar-ne ni les causes ni cap sortida alternativa. Sortides com podrien ser revertir les externalitzacions i fer que els controls de seguretat el facin treballadors/es normals, sense porra. No, el que es planteja és prohibir la vaga i desplegar un cos militar. Jo, personalment, em temo que l’objectiu d’aquesta operació no és, al final, només el conflicte d’Eulen. Penso que, més enllà, hi ha el normalitzar de cara a l’opinió pública el fer servir les vies obertament repressives en conflictes laborals i, en definitiva, de fer encara més normal la presencia de policies i militars armats en els espais públics.  No ens estranyem si en un termini no massa llarg prenen força els suggeriments de regular de manera encara més restrictiva el dret de vaga. En definitiva, la vagafòbia convenientment alimentada ens porta a la militarització. Justifica que els conflictes laborals es venguin com a simples problemes d’ordre públic i, com a tals, resoldre’ls mitjançant la repressió.

Qui aquests dies aplaudeixi la sortida en aquests termes del conflicte a l’aeroport de Barcelona faria bé de prendre’n nota. Els seus aplaudiments seran còmplices d’un nou atac contra els mecanismes de defensa que tenim la immensa majoria de la població, aquells i aquelles que vivim del nostre treball.

Text publicat al blog de l’autor:

https://lasaldelaterra.wordpress.com/

Fuente: http://kaosenlared.net/