Marx fue considerado por el amplio espectro del ecologismo como un pensador que nunca impuso límites al desarrollo de las fuerzas productivas, lo que puede colegirse del “Manifiesto del Partido Comunista” (1848), por ejemplo.

No obstante, en las últimas dos décadas esta fama infundada se ha ido desdibujando progresivamente, dados los estudios bien documentados de Foster y Burkett. En varios momentos de los “Manuscritos de 1844”, Marx insinuó una idea naturalista o materialista al referirse a la ciencia del hombre como una parte de la ciencia natural.

A veces se descuida la importancia de esta reflexión, como también otras tesis anunciadas de manera general en “El Capital”, en los “Grundrisse” y en el intercambio epistolar entre Marx y Engels, sobre los problemas ambientales de su tiempo y el papel que debería jugar la noción de la naturaleza en su teoría del valor.

El trabajo, cuyo primer tomo propongo al público, es la continuación de la Contribución a la crítica de la Economía política, publicada por mí en 1859. El largo intervalo transcurrido entre el comienzo y la continuación me ha sido impuesto por una enfermedad de muchos años que ha interrumpido la labor repetidas veces.

El contenido de la obra primitiva está resumido en el primer capítulo de este tomo. Y al hacerlo así, no se ha atendido solo a conseguir que sean más coherentes y completas las ideas, sino que se ha mejorado la exposición. En la medida en que la materia lo ha permitido, se han desarrollado aquí puntos que antes apenas se esbozaron, mientras que otros, ampliamente desarrollados allí, aquí simplemente se enuncian. Los capítulos sobre la historia de la teoría del valor y de la teoría del dinero, por supuesto, han sido omitidos del todo.

Hubo un tiempo en que el espíritu republicano español fue un ejemplo ético-político para las mejores cabezas de la Europa culta e ilustrada. Que la causa republicana no sea vista todavía ahora por los más como una alternativa a corto plazo no es prueba de inmadurez ni tampoco de la sumisión de gentes que se consideran súbditos en vez de ciudadanos. Es sólo la consecuencia histórica, circunstancial (y, por tanto, temporal) de un montón de imposiciones vividas colectivamente.

El conjunto de fenómenos político-sociales que vivimos desde hace ocho años en España aparece habitualmente ante nosotros como una sucesión hechos puntuales desencarnados del proceso histórico y de la totalidad concreta en que se inscriben. Respondemos a ellos de manera puntual, situados en un cronograma que no es el nuestro, desde la respuesta puntual y desde la navegación de cabotaje.

Circulamos bipolarmente entre el entusiasmo desmesurado por el 15 M y la sospecha de que su impulso propulsivo quizás se esté agotando. Nos movemos entre el subidón por el éxito de las Marchas de la Dignidad y la depresión por las dificultades actuales para re-articular la movilización social, olvidando que alguien decretó que había que vaciar las calles para “irrumpir” en las instituciones.

Publicados primero en ediciones temáticas preparadas por Palmiro Togliatti y Felice Platone entre 1948 y 1951 y luego mediante la edición crítica de Valentino Gerratana en 1975, los Cuadernos de la cárcel han sido y siguen siendo una de las obras más importantes del marxismo del siglo XX. Intentaremos resumir algunas de sus principales ideas.

El Estado integral

Proponiéndose profundizar el concepto de Estado, Gramsci arriba en octubre de 1931 a la definición siguiente: “El Estado (en su significado integral: dictadura + hegemonía” (C6 §155)(1).

Sabemos por Engel que Marx había estudiado la obra de Morgan: “… Marx se había propuesto presentar los resultados de las investigaciones de Morgan en relación con sus propias conclusiones -dentro de ciertos límites podría decir nuestras-, derivadas de la investigación materialista de la historia, y esclarecer así su plena significación.” Falta, sin embargo, examinar la naturaleza de la presentación que Marx tenía pensada.

Marx había recibido la obra de Morgan, de M. M. Kovalevsky, que había traído el libro al regresar de un viaje a los Estados Unidos, y es posible que Marx sólo lo haya tenido prestado, pues Engels no lo encontró en la biblioteca de Marx. Marx tomó abundantes notas de la obra de Morgan, agregándola a su estudio de Phear, Sohm, Maine y, algo más tarde, de Lubbock.

El día de la Mujer trabajadora inaugura la semana de la Socialdemocracia. Con el duro trabajo de estas jornadas el partido de los desposeídos sitúa su columna femenina a la vanguardia para sembrar la semilla del socialismo en nuevos campos. Y la igualdad de derechos políticos para la mujer es el primer clamor que lanzan las mujeres con el fin de reclutar nuevos defensores de las reivindicaciones de toda la clase obrera.

Así, la moderna proletaria se presenta hoy en la tribuna pública como la fuerza más avanzada de la clase obrera y al mismo tiempo de todo el sexo femenino, y emerge como la primera luchadora de vanguardia desde hace siglos.

La mujer del pueblo ha trabajado muy duramente desde siempre. En la horda primitiva llevaba pesadas cargas, recogía alimentos; en la aldea primitiva sembraba cereales, molía, hacía cerámica; en la antigüedad era la esclava de los patricios y alimentaba a sus retoños con su propio pecho; en la Edad Media estaba atada a la servidumbre de las hilanderías del señor feudal.